El tesoro de los visigodos y la mesa de Salomón

Un punto en el que están de acuerdo todas las crónicas es que la conquista de Hispania supuso la obtención de un inmenso botín para los vencedores. Durante la alta Edad Media el reino visigodo era uno de los más pujantes de occidente y las noticias de sus riquezas pudieron dar pie a la acción que cambiaría su destino. Incluso antes de la fase principal de ocupación, las algaras patrocinadas por Muza ibn Nusair en el sur peninsular parecen confirmar que al-Ándalus es una tierra de abundancia, fértiles valles y mujeres de belleza sin par:

“… y desembarcaron en la frontera isla de Tarifa. Corren [las tierras de] Algeciras apresando cautivas, de una belleza tal como nunca vieran Musa ni sus compañeros, cuantiosos bienes y enseres. […] Cuando las gentes [del Magrib] vieron aquel botín, se apresuraron para entrar [en el al-Ándalus][1].”

Además, el Conde Julián, gobernador de la plaza de Ceuta y pieza clave según los textos árabes en los acontecimientos, no dudó en ensalzar las maravillas de aquel territorio para alentar a Muza  a cruzar el estrecho:

“Hablóle de la conquista de España, cuya hermosura y riquezas le describió, así como sus muchas clases de riqueza y productos, sus buenos frutos y su abundancia de agua dulce”[2].

Sin duda, la perspectiva de obtener un significativo botín ayudaría a reclutar los efectivosnecesarios para la aventura que en el año 711 comenzó Táriq. A pesar de ello, no debemos olvidar que cruzar las columnas de Hércules era una empresa incierta llena de peligros. Aquellos bereberes se jugaron el todo por el todo, arrestos no les faltaban.

Una vez puestos los pies en Hispania, la victoria del lugarteniente de Muza ante el ejército del rey Rodrigo en Guadalete abrió la puerta que daba acceso a los ansiados tesoros. Aconsejado por el Conde Julián, Táriq se encaminó a toda velocidad hacia Toledo, capital de los visigodos, donde, tras hacerse con la ciudad, consiguió innumerables riquezas. Las crónicas[3] enumeran muchas de ellas: coronas pertenecientes a los reyes, perlas, rubíes, vasos de oro y plata, esmeraldas, topacios, sedas, armaduras, dagas, espadas, etc. También,  y posiblemente esto no se lo esperen, alguna fuente[4] destaca que el caudillo bereber se hizo con numerosos libros. Entre los textos sagrados se citan el de Abraham, Moisés o el Pentateuco; entre los profanos se destacan obras que recogían los “secretos de la naturaleza y el arte”, la forma destilar elixires y los talismanes de los “filósofos griegos”, vamos, toda una biblioteca del saber y lo divino. En definitiva, la caída de la capital visigoda parece que supuso una ocasión única de llenar los bolsillos de los conquistadores (una vez separado el quinto correspondiente a la Comunidad de los Creyentes).

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Pero, ¿cómo pudo caer ese botín en manos de Táriq con tanta facilidad? La existencia de joyas en los templos se explica por la costumbre visigoda de realizar ofrendas a las iglesias. Los santuarios albergaban alhajas para gloria de Dios y de quien las donaba (las coronas, como demuestra los tesoros de Guarrazar o Torredonjimeno, incorporaban los nombres de los desprendidos monarcas). Sin embargo, sería la velocidad con la que actuó el general bereber la que permitió la captura de tales tesoros. La celeridad de sus movimientos provocó el desconcierto impidiendo muchas veces poner a resguardo las reliquias. Por otra parte, la llegada del conquistador a Toledo debió suponer la huida precipitada de los nobles que apoyaban la causa de Rodrigo. Los nobles leales al monarca partieron con todo lo que pudieron cargar buscando refugio en el norte de Hispania. Táriq los perseguirá sin cuartel hasta alcanzar la fortaleza de Peña Amaya (Burgos) que también tomará consiguiendo nuevamente un increíble tesoro.

El botín de la conquista no estaría completo si no nos hiciéramos eco de la joya más deslumbrante que nombran todos los textos: la mesa de Salomón, hijo de David. En la novela El Puente del Tiempo se recoge la historia del famoso mueble por lo que no vamos a repetirla aquí. Cabe no obstante aludir a un aspecto importante en relación a la alhaja que recibe las mayores alabanzas de los cronistas.

Para algunos historiadores[5] la mesa de Salomón era mucho más que una increíble reliquia y estaría cargada de simbolismo. El objeto sería la pieza más valiosa del tesoro real visigodo, tesoro que en última instancia simbolizaría el poder y la legitimidad de los gobernantes del reino. Quiénes han estudiado la Mesa apuntan a que este hecho explicaría la ansiedad de los caudillos de la conquista por hacerse con ella. Poseerla implicaba hacerse dueños del país. La disputa entre Táriq y Muza no sería sólo por conseguir un bien de gran valor material (que en cualquier caso deberían entregar al Califa), también sería por demostrar quién era el verdadero conquistador de al-Ándalus pues eso era lo que probaba la tenencia de la codiciada joya.

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No sería justo terminar estas líneas sin nombrar otro objeto también ensalzado por la leyenda. Cuando Muza desembarcó en la Península para hacerse dueño de la situación, optó por no seguir la ruta de su subordinado y atacó las ciudades del suroeste de Hispania. Una de las plazas que mayor resistencia mostró fue Mérida. Después de un largo sitio, la ciudad capituló y el emir pudo hacerse con ella. Según algunas tradiciones fue en este momento cuando Muza se apoderó de un enorme jacinto que según el mito había pertenecido a Alejandro el Grande. El tamaño de la piedra era tal que “a tanto era grande la lucencia que dava, que no avía menester candelas”[6].

Tenemos en estos ejemplos una muestra de las maravillas que durante muchos años alimentaron las tradiciones y las fábulas sobre la conquista. A pesar de que hoy nos sentimos inclinados a considerar tales relatos como fruto de la fantasía, no debe olvidar el lector que, bajo esa pátina de imaginación, las leyendas suelen esconder una base sobre la que se construyen. Será difícil llegar a saber toda la verdad, pero el esfuerzo de los investigadores y arqueólogos irá arrojando luz sobre unos sucesos que forman parte de nuestra historia.

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[1] Nafh, I, 253; traducción Pedro Chalmeta: Invasión e islamización: la sumisión de Hispania y la formación de al-Andalus. Universidad de Jaén, 2003, p. 124

[2] Al-Maqqari; Colección de obras arábigas de historia y geografía, trad. Emilio Lafuente,  Madrid, 1867, Apéndice, p. 174

[3] Al Makkari; History of the Mohamedan Dinasties in Spain. Trad. Pascual Gayangos y Arce,  Londres, 1867. Book IV, p. 282

[4] Ibíd., p. 283.

[5] M.J. Rubiera Mata: La mesa de Salomón. Awraq: estudios sobre el mundo árabe e hispánico, Instituto Hispano-Árabe de Cultura. Madrid, 1980, Nº 3. pp. 26-31

[6] Crónica del Moro Rasis, ed. Gayangos: Memoria sobre la autenticidad de la crónica denominada del moro Rasis. Real Academia de la Historia, 1850, p. 53


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