Amor y dólmenes

Interior dolmen

Dolmen del parque megalítico de Gorafe (Granada) próximo al balneario de Alicún de las Torres

A veces me han comentado que en Las puertas del Hades la muerte, la vida y el amor tienen un papel protagonista y me han preguntado cuál de esas ideas sale victoriosa. Yo siempre respondo lo mismo: la muerte y la vida son dos caras de la misma moneda. No puede darse la una sin la otra y, en ambas, el amor está presente. Amamos a nuestros seres queridos mientras están aquí y los añoramos con pesar cuando se van. Además, cuando todo se acaba, es el amor el que hace que estas personas sigan junto a nosotros, porque, aunque ya no las podamos abrazar, necesitamos que sigan influyendo en nuestras vidas.

Tal vez, esa es la idea que está detrás de algunas de las respuestas que hemos intentado dar a la pregunta de qué hacemos aquí. Si creemos que los seres queridos que nos han dejado tienen la capacidad de intervenir en nuestro mundo, la muerte no es el vacío absoluto que nos asusta. Se muere para renacer en otro lugar. Un lugar al que, desde tiempos inmemoriales, algunos (Ej. los chamanes, los iniciados en los ritos mistéricos,…) intentan acceder para desentrañar el misterio de la vida. El único problema es que, más allá del trance iniciático, no tenemos noticias fidedignas de alguien que haya traspasado las puertas del Hades y haya regresado. Por ello, la duda de que ese lugar exista tampoco nos ha abandonado jamás.

Todo esto me lleva a pensar que la victoria y la condena de los seres humanos es que somos conscientes de la muerte. Y este hecho se manifiesta en que solo nosotros sepultamos a nuestros difuntos[1]. Al igual que ahora, los hombres en la Prehistoria amaron y lloraron a sus familiares y amigos. Esos sentimientos les llevaron a enterrar a sus deudos con sofisticadas ceremonias. Por tanto, dar tierra es un comportamiento que surge del amor. Quizá, no sea posible romper el vínculo entre amor y muerte. Recurriendo a una metáfora utilizada en las disputas cristológicas, podemos decir que se comportan como el agua y el vino: una vez mezclados, no es posible volver a separarlos. En cierta forma, amamos para pervivir en nuestros hijos, para que quienes nos correspondieron nos recuerden, amamos para no morir.

Quienes vivieron en el valle del río Gor (Granada) hace 5.000 años son un magnífico ejemplo de esto que estoy diciendo.  Durante casi un milenio, los hombres y mujeres que hicieron de ese enclave su hogar trabajaron los campos, cuidaron rebaños, levantaron casas, murallas para defenderse, amaron y murieron. Pero, además, dedicaron mucha energía a construir lugares para el descanso eterno de sus seres queridos. Para que ustedes se hagan una idea de lo importante que este acto era para ellos, baste decir que, en los alrededores de la pequeña localidad de Gorafe, hay catalogados más de 242 dólmenes (la mayor concentración de tumbas megalíticas de Europa). Moradas construidas según su habilidad, pero sobre todo, según sus creencias. Creencias que es difícil rescatar del olvido y que algunos (pocos…) arqueólogos y antropólogos intentan atisbar a partir de los restos materiales de su cultura, los últimos descubrimientos científicos (en campos como la neuropsicología) y los hallazgos que proporciona la etnografía comparada de los llamados «primitivos actuales».

Dolmen de las Majadillas

Dolmen del yacimiento de las Majadillas (Gorafe, Granada)

Autores como David Lewis-Williams y David Pierce[2] sostienen que la experiencia mística o religiosa es una realidad integrada en nuestra psicología. Algo así como un «conjunto de estados mentales creados por el funcionamiento del cerebro humano». Estados que es necesario explicar en el contexto social en el que se dan. Lo que implica un esfuerzo de codificación que hace surgir las creencias[3]. Creencias que a su vez, al manifestarse en el seno de una cultura, dan lugar a la práctica religiosa (que es la que, en última instancia, permite conectar con esa experiencia).

Partiendo de estudios neuropsicológicos, se afirma que la base del sistema nervioso humano es compartida por todos los individuos de la especie desde sus orígenes. Según estos autores, las experiencias trascendentes están relacionadas con los denominados estados alterados de conciencia. Puesto que dichos estados se producen por el peculiar funcionamiento de nuestro sistema nervioso, independientemente de factores culturales, las alucinaciones o visiones presentan las mismas fases para todos los sapiens (aunque, la forma de alcanzar estos estados varía en función de las realidades físicas y culturales de los grupos y se consigue a través de diversos medios: aislamiento sensorial, ayuno, danza, ingesta de determinadas sustancias psicotrópicas…). La uniformidad de las etapas que se atraviesan al caer en un estado de conciencia alterada explicaría creencias compartidas entre grupos aislados en el tiempo y el espacio (Ej. existencia de mundos cosmológicos estratificados) y permitirían encontrar un sentido a manifestaciones culturales como el arte rupestre o las tumbas megalíticas más allá de las razones de índole práctica normalmente propuestas (Ej. delimitación de un territorio) y que, en mi opinión, serían compatibles.

De todas las alucinaciones sensoriales serán las visuales las más importantes. Esto lleva a Lewis-Williams a afirmar en su obra que «los ojos son la clave»[4]:

  • Las personas que experimentan estas «visiones» creen realmente poder ver los niveles del cosmos.
  • Los chamanes (nautas por excelencia al mundo de los espíritus) durante su viaje entre los diferentes niveles del cosmos estratificado «ven con sus pensamientos»
  • … los ojos de un chamán tienen un aspecto diferente al de otras personas, y lo explican afirmando que los ojos de un chamán son muy brillantes, lo cual, por cierto, les otorga la facultad de ver «espíritus» incluso en la oscuridad.
Idolo-Oculado-MAN

Ídolo oculado realizado en alabastro. Tercer milenio a. de C. (Museo Arqueológico Nacional)

Al estudiar en condiciones de laboratorio la fenomenología de los estados alterados de conciencia se describen tres estadios asociados a las visiones:

  1. Fase I: fenómenos inópticos que se manifiestan como figuras geométricas simples (puntos, rayas, zigzags…)
  2. Fase II: interpretación de esas formas en relación a objetos o seres conocidos (flores, animales, casas…)
  3. Fase III: trance en el que las formas interpretadas alcanzan volúmenes (alucinaciones icónicas). En este momento, nuestra mente puede generar seres zooantropomórficos y sentimos que no estamos atados a las leyes físicas pudiendo volar o transformarnos.

Entre las fases II y III los sujetos objeto de estudio describen la sensación de ser absorbidos por un torbellino (espiral) que les transporta al clímax de la experiencia. Se viaja por tanto de la oscuridad con destellos (inframundo, muerte), al mundo reconocible (tierra, realidad, universo sensible) y de allí, a través de un túnel, a la luz (cielo, reino en el que habitan los espíritus y los ancestros no sujeto a las leyes físicas). Esta interpretación se convierte en una cosmovisión (universo estratificado) que traslada al mundo físico lo experimentado durante las fases vividas en un estado de conciencia alterada (o viceversa). Los ciclos observados en la naturaleza: el solar, el lunar, las estaciones y la adecuación de la vida a las mismas (procreación o siembra, gestación o germinación, nacimiento y muerte) encuentran también su acomodo en esta estructura mental que se corresponde con los niveles del cosmos estratificado (la simiente y su gestación, en el inframundo; la vida: sobre la tierra; y, tras la muerte, después de regresar al inframundo, el renacer) esto es lo que parecen sucede eternamente en la naturaleza. Quizá, en el caso de los seres humanos, como la misma persona no vuelve a este mundo terreno, hubo que buscar acomodo a su alma (su yo más íntimo) en el cielo. En ese espacio compartido, el todopoderoso sol nacía y moría cada día presentando además un ciclo anual que lo acercaba a un final definitivo (al aproximarse el solsticio de invierno), pero del que siempre salía victorioso.

Quizá, estas ideas pudieron llevar a nuestros antepasados a la utilización de cuevas en sus rituales y a la construcción de santuarios como las tumbas de corredor. Esos espacios permitirían trasponer esa experiencia mística al mundo físico en un intento de recrear materialmente el viaje de quienes deben llegar al mundo de los espíritus. De esta forma, algunos autores explican la orientación sur, sureste de la mayoría de dólmenes en el intento de emular el ciclo del Astro Rey:

«La órbita del Sol estaría entonces vinculada al destino de los difuntos: cuando en invierno el sol hubiera traspasado el punto más bajo de su trayectoria, es decir, cuando —desde el punto de vista mitológico— hubiera renacido, su luz habría incidido sobre el muerto, para así hacerlo partícipe de su renacimiento»[5].

Otro rasgo característico de los dólmenes sería su utilización como recinto sagrado que permitiría a los vivos entrar en comunicación con sus ancestros:

«Del IV milenio y comienzos del III proceden las tumbas de corredor tipo de Los Millares… La obra va cubierta por un alto túmulo que está rodeado por dos círculos de piedra integrados en el terraplén para evitar que este se deslice. Otros dos anillos de piedra rodean a la construcción, delimitando de este modo un recinto sagrado»[6].

Rasgo que miles de años después se mantenía en otras construcciones funerarias:

«Este pavimento con forma de piel de toro debió servir para delimitar un área sagrada en la que los humanos podían participar del ámbito de los dioses y en la que las divinidades también podían relacionarse con los devotos. Por ello el témenos del conjunto monumental de Pozo Moro es «una ventana a través de la cual la conexión con el otro mundo también es posible»[7].

Estas interpretaciones sugieren que la necesidad de mantener el vínculo con aquellos que nos precedieron hunde sus raíces en lo más profundo del ser humano. Es, de hecho, un rasgo particularmente característico de nuestra forma de ser pues se mantiene a lo largo de milenios. Posiblemente, no somos conscientes de ello, pero lo que realmente nos preocupa puede no haber cambiado tanto desde el alba de los tiempos.

Dolmen-Menga-Antequera

Dolmen de Menga (Antequera, Málaga). V milenio a. de C.


[1] Conocemos enterramientos de neandertales, sin embargo, son más abundantes y complejos las preparados por el Homo sapiens

[2] David Lewis-Williams y David Pierce: Dentro de la mente neolítica. Conciencia, cosmos y el mundo de los dioses. Ed. Akal, 2009

[3] Así por ejemplo, en muchas culturas, la experiencia mística se interpreta como testimonio de la existencia de ese mundo sobrenatural habitado por los espíritus

[4] David Lewis-Williams, op. cit., pp. 75-78

[5] Ina Wunn: Las religiones en la prehistoria. Ed. Akal, 2012. p. 431

[6] Ibíd., p. 431

[7] Rafael Ramos: Los íberos, imágenes y mitos de Iberia. Ed. Almuzara, 2017. p. 105

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