La armonía de las esferas

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Nicómaco volvía con paso presuroso atravesando la grandiosa plaza ovalada de Gerasa. El astro rey estaba a punto de perderse tras el horizonte y su luz anaranjada pintaba con suaves tonos la gran galería de columnas que enmarcaba el centro vital de la ciudad. Quería escribir la carta para la importante dama de la aristocracia local que le había preguntado cómo era posible que el movimiento de las estrellas tuviera que ver con los tonos musicales. Hacía un par de días habían coincidido en la casa de un amigo común, durante la charla que siguió al exquisito banquete, ella había reclamado su compañía. La mujer buscaba los conocimientos de Nicómaco, los dones de la juventud hacía tiempo que habían abandonado al filósofo. Durante la conversación, la bella señora había reprochado al viejo matemático la complejidad de la explicación que proponía sobre el cosmos. Era mucho más sencillo imaginar a Apolo portando en su carro el disco solar que pensar que el firmamento estuviera sujeto a las leyes de la geometría.

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La enorme plaza ovalada de Gerasa, actual Jerash (Jordania)

Nicómaco escribió la carta en torno al año 100 d. C. y su contenido ha llegado hasta nosotros. En ella explica con detalle una teoría que llevaba siglos fraguándose y que, en su tiempo, ya estaba firmemente asentada. Poco a poco, desde el mito, la explicación a la cuestión de por qué giraba el firmamento, había encontrado una vía para ser contestada al observar la aparente inmutabilidad de los movimientos celestes. Serán los filósofos griegos quienes, al reflexionar sobre el universo, planteen las ideas que inducirán al hombre a dar un paso de gigante. Un paso que implicaba una audacia rayana en la temeridad, los “amigos de la sabiduría” se atrevieron a descifrar los secretos del mundo porque creían que podían hacerlo.

De todas las citas que recogen este espíritu, destaca la de Heráclito de Éfeso que, ya en el en el siglo VI a. de C., alumbra una certeza que ha servido de base para desarrollar el conocimiento humano:

“Este cosmos, que es el mismo para todos, no ha sido hecho por ninguno de los dioses ni de los hombres, sino que siempre fue, es y será un fuego eterno y vivo que se enciende y se apaga obedeciendo a medida”

Si todo lo que es, lo es, conforme a medida, será la búsqueda de qué determina tal medida, lo que permita establecer, nada más y nada menos, lo que con el paso del tiempo, pasamos a denominar las “leyes de la física”.

Poco antes que Heráclito, los pitagóricos (influenciados por los conocimientos matemáticos mesopotámicos) habían encontrado en la geometría la misma inexorabilidad que se presumía gobernaba los cielos. El hecho de que, por ejemplo, el cuadrado de la hipotenusa de un triángulo rectángulo fuera siempre igual a la suma del cuadrado de sus catetos, inducía a pensar que existían igualdades que eran verdad en todo momento y que esas verdades posibilitaban la explicación del mundo (explicación por lo demás, sagrada y sólo accesible a un grupo de iniciados). La afirmación de que “todo es número”, atribuida a la misma escuela, encerraba esa misma fe en la capacidad del ser humano para alcanzar un conocimiento pleno de la realidad. Heredera de esta concepción, aunque muy matizada, es la propuesta aristotélica de que, al cielo inmutable, solo le es natural el movimiento circular uniforme, por ser éste el único perfecto. Para Aristóteles, el mundo sublunar estaba presidido por el caos y el movimiento que lo caracterizaba era el vertical, sin embargo, más allá de la Luna, reinaba la armonía manifestada en el movimiento eterno de los astros que giraban en torno a la Tierra.

Para comprender por qué las aportaciones de los filósofos griegos representan un salto de gigante, tenemos que poner juntas las ideas centrales expuestas en los últimos párrafos:

1.- El universo se comporta conforme a medida, es decir, está sujeto a reglas eternas es, por tanto, predecible.

2.- El hombre puede alcanzar el conocimiento de la realidad a través de las verdades eternas encerradas en la geometría (y, por ende, en el número).

Agreguemos al cóctel, la noción de que:

3.- Al “éter” (el mundo supralunar) solo le corresponde -por perfecto- el movimiento circular uniforme.

Y tendremos las ideas que sustentaron el avance y la investigación sobre el universo hasta la formulación de la ley de la gravitación universal de Newton.

El hombre se está separando de la explicación legendaria de los fenómenos de la naturaleza para adentrarse en un mundo completamente distinto. Al principio sus pasos serán dubitativos, no es de extrañar, aún no tiene a qué asirse, pero muy lentamente empezará a desvelar los secretos del cosmos.

No podemos hacer un repaso por todas las contribuciones del mundo clásico al conocimiento del universo, pero diremos que gracias a hombres como Filolao de Crotona, Aristarco de Samos, Hiparco de Rodas y, finalmente, Ptolomeo se llegó a dar la primera explicación casi completa del movimiento de las estrellas. Hoy sabemos que no era correcta, pero la sensación de júbilo que la teoría produjo entre quienes se afanaban por comprender los misterios del cosmos es fácilmente comprensible.

Permítanme ejemplificar esta alegría con las palabras de Sinesio de Cirene, discípulo de Hipatia y heredero de la tradición ptolemaica. Estos versos los escribió en una carta en la que enviaba un instrumento astronómico (posiblemente el primer astrolabio planisférico) a un amigo. Sobre la base de metal del ingenio mandó grabar dos leyendas, la primera es una adaptación de un epigrama generalmente atribuido al gran Ptolomeo que ilustra el sentimiento de quienes, con su inteligencia, indagaban en los misterios de la negra noche:

“Mortal soy, bien lo sé, y efímero, pero cuando hilvano mi camino a través del cielo estrellado, me envuelve de tal forma, que ya no tocan mis pies la tierra, sino que convivo con Zeus, el más excelso: mío es el alimento de la ambrosía[1]”.

Sepa el lector, que la ambrosía no sólo se presumía deliciosa por ser el alimento de los dioses, también confería la inmortalidad.

El mismo Sinesio, escribe también unos versos que asume no tan bellos, pero que resumen las capacidades del objeto que ha sido regalado:

“La sabiduría ha encontrado una senda hacia el cielo -¡oh, qué gran maravilla! y el intelecto ha llegado desde los propios seres celestiales[2]

Por primera vez el hombre ha construido un artilugio que le permite prever con gran exactitud lo que ocurrirá en la bóveda celeste y lo ha hecho con la sola ayuda de su inteligencia, el paso es decisivo.

La certidumbre que estos descubrimientos supusieron consolidó una visión del cosmos en la que las estrellas se situaban sobre una inmensa esfera en cuyo centro estaba la Tierra completamente inmóvil. Dicha esfera giraba en torno a nuestro planeta completando una rotación cada día. La posición relativa de los astros entre sí se consideraba constante y por ello la bóveda celeste recibió el nombre de “esfera de las fijas” (en contraposición al Sol, los planetas, y la Luna, que recibían la denominación de errantes y que se pensaba giraban alrededor de la Tierra encajados en sus propias esferas).

Los movimientos de estrellas y planetas eran cíclicos y podían ser anticipados. Esa aparente regularidad convenció a los astrónomos de la antigüedad de que el universo tenía que estar sujeto a leyes y encontraron en la armonía musical un referente con el que compararlo. Si la música, expresión de una perfección intangible, estaba determinada por reglas expresables a través del número, los movimientos celestes, manifestación de la perfección de lo creado, tenían que estar sujetos a los mismos principios. Esta poderosa idea, que hundía sus raíces en el pensamiento pitagórico, dio lugar al concepto de “música de las esferas”. Dicho concepto impregnaría durante siglos las reflexiones de los astrónomos y conduciría, con el tiempo, a algunos de los mayores descubrimientos de la historia de la ciencia.

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Astrolabio de Alfonso X (reproducción) Museo Naval (Madrid)

A la caída del Imperio Romano, el cristianismo hizo suyas las hipótesis que sobre el cosmos se habían generado en los siglos anteriores. Resumiendo, podemos decir que situó en la mente de Dios el orden cósmico, y en la infinita bondad del Creador, el don dado al hombre para entender sus reglas. Algunos autores como Marciano Capella (siglo V d. C.) pusieron en duda algunos elementos que sustentaban el gran edificio construido por Ptolomeo, pero, en general, la obra de este científico se convirtió en un referente indiscutible.

Otro tanto pasaría en el mundo islámico, sin embargo, en este caso, el contacto de la cultura musulmana con el pensamiento científico de oriente (sobre todo con el persa y el indio), junto con la importancia que para esta religión tenía el conocimiento de los movimientos celestes (por ejemplo, para calcular las horas de oración o orientar el muro de la quibla de las mezquitas hacia la Meca) supuso un importante acicate para el desarrollo de la astronomía. Aún así, Ptolomeo y su obra, ejercieron, también en los dominios del Islam, una grandísima influencia.

Un universo geocéntrico, en el que los astros giraban en torno a la Tierra describiendo círculos y en el que se manifestaba la armonía de la Creación fue, durante más de mil, años casi incuestionable. Y no era incuestionable únicamente porque conviniera a la fe, que también, sino porque, apoyándose en las hipótesis que sustentaban la teoría, era posible predecir con exactitud más que notable los movimientos estrellas y planetas[3]. El derrumbe de esta forma de entender el universo no ocurriría hasta el siglo XVII, pero de eso, como recordarán nuestros lectores, ya tratamos en otro artículo.

***

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[1] Traducción del autor al español desde la traducción al inglés en “The Letters of Synesius of Cyrene”. Augustine FitzGerald. Oxford University Press, H. Milford, 1926. p. 256.  Existe una versión en español de esta carta en “Himnos, tratados / Sinesio de Cirene; introducción, traducción y notas de Francisco Antonio García Romero”. Antonio García Romero. Biblioteca clásica Gredos. pp. 237-248. El autor ha utilizado en su mayor parte la versión inglesa.

[2] Ibíd.

[3] Quizá fuera esa una de las razones por la que le costó tanto aceptar que el perfecto edificio que había construido para explicar la relación del hombre con su Creador se viniera abajo.


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