El cielo de nuestros antepasados

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El chamán depositó con cuidado sobre el suelo la piedra horadada en la que había mezclado el pigmento rojizo y la grasa que le permitía dibujar sobre la roca. Había trazado con mano segura el esbelto cuerpo de un bisonte. La pequeña sala en la que se encontraba encorvado estaba iluminada por una lámpara en la que una llama titilaba proyectando extrañas formas sobre la pared. Necesitaba invocar el espíritu del animal y rogarle que demorara su viaje hacia al sur o todos morirían de hambre. El frío se prolongaba y el jefe del clan se negaba a mover al grupo hasta que las condiciones mejorasen. Sin embargo, él sabía que ya era el tiempo de partir, las brillantes estrellas que se situaban sobre el lomo del toro celeste habían aparecido nuevamente justo antes del amanecer. Tenía que conseguir retener a la manada o los cazadores no alcanzarían el vado por el que los bóvidos cruzaban el gran río en su migración anual. Ayudado por un bebedizo, cayó en un profundo trance y partió hacia el lugar del cielo en el que moraba el espíritu de los animales sagrados.

La historia de la humanidad es muy antigua y carecemos de datos para saber qué pensaban nuestros primeros antepasados cada vez que contemplaban el cielo estrellado. Sin embargo, a partir de hace unos 35.000 años, fruto de nuestro espíritu inquieto y habilidad técnica, comenzamos a realizar las primeras obras de arte. Estas manifestaciones del talento humano en forma de pinturas rupestres y objetos tallados en hueso y piedra han sido estudiadas por muchos científicos. Los especialistas, movidos quizá por el mismo sentimiento de curiosidad del que hacían gala los habitantes de las cavernas, han lanzado numerosas teorías que tratan de explicar qué es lo que nuestros ancestros querían decir al decorar las paredes de las cuevas. La interpretación simbólica de los hallazgos no es tarea fácil y está abierta a la especulación. Algunos afirman que el arte paleolítico sería un medio para propiciar la caza de la que dependía la subsistencia, otros, que se trata de las primeras manifestaciones de conceptos mágico-religiosos, algunos que son meras representaciones de la naturaleza del periodo. No hay acuerdo y el debate continúa, pero algunos eruditos apuntan a que buena parte de las representaciones dejadas sobre las rocas de grutas y abrigos podrían considerarse parte de una cosmovisión en la que también tendrían cabida los fenómenos celestes[1].

Al observar determinados animales, rasgos y símbolos en las paredes de las cavernas estaríamos contemplando el primer intento del hombre de comprender el mundo que le rodea apoyándose en una explicación mítica que trasladaría al cielo la realidad que veía sobre la tierra. De esta forma, las constelaciones pasarían a tener formas reconocibles en la naturaleza, al tiempo que el compartimiento de los astros se identificaría con el de determinados animales o rasgos de la naturaleza humana (por ejemplo el ciclo menstrual femenino equiparable en duración al ciclo lunar y que determinaría el carácter femenino de la Luna en muchas culturas).

A modo de ejemplo, aquí tienen una imagen de la cueva de Lascaux en Francia. Algunos apuntan a la posibilidad de que sea una de las primeras representaciones de un sector del cielo. En concreto, estaríamos ante la constelación de Tauro identificable por la posición del asterismo de las Pléyades sobre su lomo y las Híades en su cabeza.

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Para ilustrar el antiguo origen de nuestro interés por el cielo,  hay quien afirma que algunas constelaciones como la Osa Mayor pueden haber sido observadas desde tiempo antes de que los seres humanos se extendieran por todo el planeta. Desde Europa a América algunas culturas han identificado en la constelación de la Osa la misma figura lo que podría sugerir un antiguo origen compartido. Desde los yakutios de Siberia, hasta los indios de las grandes planicies americanas, pasando por los kootenay de la Columbia Británica o los iroqueses de Nueva Inglaterra, además de muchas culturas mediterráneas (arktos en griego es oso y ártico es la palabra con la que nosotros designamos las frías regiones norteñas) reconocen la forma de un oso en esa región celeste[2] que giraba en torno a una posición fija que indicaba el septentrión.

Es controvertido, pero hay estudios aseguran que, durante el Paleolítico Superior, se realizaron los primeros calendarios. Esta actividad demostraría un importante nivel de conocimiento de las pautas de comportamiento de los astros y probaría que el hombre prehistórico miraba el firmamento con ojos atentos. A continuación se muestra un objeto encontrado en Bdrogkeresztur, Hungría que ha sido interpretado como un calendario lunar realizado hace más de 20.000 años (en el periodo conocido como solutrense)[3]

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En la parte superior, la línea longitudinal de la izquierda representaría la fase de luna nueva, las 12 muescas del lado izquierdo aludirían a los días de cuarto creciente, la línea longitudinal inferior simbolizaría los tres días de luna llena, las 11 muescas del lado derecho se interpretarían como los días de cuarto menguante y la línea longitudinal superior restante, equivaldría al último día del ciclo cuando la Luna desaparece[4].

Otro posible ejemplo de un calendario lunar del Paleolítico fue encontrado en Mal’ta, Irkutskaya Oblast, Rusia. El objeto datado entre hace 18.000 y 15.000 años tiene forma rectangular y está elaborado en marfil de mamut. En él se ha dibujado una gran espiral central y otras siete espirales que lo enmarcan. En un lateral se observan dos espirales adicionales de menor tamaño. La figura central cuenta con 243 agujeros y el resto suma 122 orificios. En total tenemos 365 marcas que podrían representar la duración del año solar. El número 243 se ha puesto en relación con la duración del invierno siberiano y con el periodo de gestación de los renos fundamentales en la dieta de los antiguos pobladores de esta región del mundo.

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Conocer los ritmos de la naturaleza era fundamental para la subsistencia, saber cuándo se debía cazar o recolectar determinaba las posibilidades de sobrevivir de los grupos, por ello, no debe extrañarnos que en fase tan temprana el hombre mirara al cielo buscando las claves que le permitían anticiparse al comportamiento de los animales y las plantas.

Si nos acercamos al mundo de la religión de nuestros antepasados, también se apunta a que la Luna con un ciclo en el que se puede observar de forma nítida su nacimiento, plenitud y muerte pudo dar lugar a la idea de superación del terrible trance que representa la desaparición de un ser querido. Esta posibilidad de renacer a la vida que nuestro satélite ejemplificaba cada 28 días podría haber dado lugar a la preocupación del ser humano por enterrar a sus muertos y prepararlos para una vida futura.

En definitiva, aunque la discusión es en algunos momentos acalorada, no parece descabellado pensar que los hombres que nos precedieron aprendieron a reconocer en fechas muy tempranas un orden en el cielo. Orden que determinaba las estaciones, las horas de luz y oscuridad, la disposición del mundo (reconocida por la posición de estrellas o el paso meridiano del Sol), los momentos de recolección o la naturaleza misma del ser humano a través de sus ciclos de fertilidad y muerte.

Hoy nos cuesta aceptar que quienes fueron nuestros antepasados pudieran llegar a tener un conocimiento profundo del entorno en el que vivían. Solemos considerar su cultura anclada en el mito y la magia negando toda posibilidad de que detrás de los ritos se escondiera un saber que les permitía superar circunstancias adversas. Quizá, lo único que nos pasa es que nos ciega la soberbia.

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Hueso decorado. Periodo magdeleniense. Cueva de Couvert. (c) Trustees of the British Museum


[1] Raquel Lacalle Rodríguez: Los símbolos de la prehistoria. Mitos y creencias del paleolítico superior y del megalitismo europeo. Ed. Almuzara, 2011.

[2] Juan Antonio Belmonte: Las leyes del cielo. Astronomía y civilizaciones antiguas. Ed. Temas de hoy, pp. 31-35

[3] Vértes:  Lunar Calendar” from the Hungarian Upper Paleolithic (Bodrogkeresztur). Science vol. 149. 20 de Agosto. pp. 855–856

[4] Raquel Lacalle Rodríguez, op. cit., pp. 82-83


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