Sefarad: España en el recuerdo

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Que la Península Ibérica ha recibido extraños nombres a lo largo de los siglos es algo que iremos descubriendo en este blog. Muchos al leer Sefarad habrán identificado rápidamente que en esta ocasión nos referimos al término con el que muchos judíos identifican a la vieja Piel de Toro. Sin embargo, no todos estaremos familiarizados con la carga histórica y sentimental que tal palabra evoca.

El término Sefarad aparece por primera vez en las profecías de Abdías (1:20) al mencionar un lugar de destierro para el pueblo de Israel. La tentación de vincular esta primera mención con la Península es grande, pero los estudiosos consideran que no es correcta. Será necesario esperar hasta el siglo I de nuestra era para encontrar la primera equiparación fiable del mítico nombre con el de España[1]. A partir de este momento, Sefarad identificará cada vez con más precisión la tierra que cierra el mar Mediterráneo por el oeste.

No pretende este breve artículo repasar pormenorizadamente la historia de los sefarditas, solo diremos que los investigadores apuntan a la existencia de comunidades judías en nuestro país desde época fenicia. Los restos arqueológicos confirman la presencia de tales comunidades durante la dominación romana (en especial tras la toma de Jerusalén y la destrucción del Templo en el año 70 d. C. por las legiones de Tito). En la siguiente etapa histórica, durante el reino visigodo, las referencias de los concilios a los israelitas son muy abundantes. Finalmente, en la Edad Media (hasta el siglo XV), prácticamente todos los núcleos de población importante contaban con un barrio judío. Baste este último dato para hacernos una idea de hasta qué punto era notorio el asentamiento de los hebreos en los reinos hispanos.

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Shofar

Las relaciones con el poder de los judíos españoles pasarán por todas las situaciones imaginables. Tanto en los territorios cristianos del norte, como en el al-Ándalus musulmán, los judíos percibirán desde tolerancia hasta enconada hostilidad, pasando por momentos de gran preponderancia y peso en la sociedad. A modo de anécdota que refleja a un tiempo la más que probable antigüedad de la presencia judía en España y la delicada situación en la que se veían muchas veces los seguidores de Moisés, diremos que, durante el Medievo, algunas familias hebreas decían estar asentadas en los reinos hispanos desde antes del nacimiento de Cristo. Con ello pretendían evitar una de las acusaciones que recaía habitualmente sobre ellos: la de ser descendientes de quienes habían matado al hijo de Dios.

En 1492, al completarse la conquista del reino nazarí de Granada, los Reyes Católicos, en el afán de establecer la unidad política y religiosa de sus reinos y tras un largo periodo en que los derechos de la comunidad hebrea se habían visto progresivamente conculcados[2], tomaron una decisión de enorme trascendencia: la expulsión de sus dominios de los judíos que no abrazaran la fe cristiana. La encrucijada en la que se vieron miles de personas fue terrible. Algunos optarán por convertirse para poder permanecer en la tierra que los vio nacer y no perder sus bienes, otros irán directamente al exilio. La situación para los que se quedaron no fue fácil ya que permanentemente se vieron sometidos a la vigilancia de la Inquisición que los acusaba de continuar practicando su religión en secreto. Por ello, la salida de miembros de la comunidad hebrea de nuestro país se prolongó durante años.

El destino de estos desterrados de Sefarad será de lo más diverso. En un primer momento, muchos fueron acogidos por el Imperio otomano (a principios del siglo XX ciudades como Estambul o Ízmir, todavía conservaban una considerable colonia sefardita); otros se refugiarían en diversas plazas del norte de áfrica y los Balcanes; también las pujantes metrópolis comerciales de los Países Bajos fueron lugar de destino para  un nutrido grupo de judíos españoles y portugueses. Algún tiempo después, a medida que la colonización del nuevo continente avanzó, América (del Sur y del Norte[3]) vio la llegada de los judíos españoles. Se preguntará el lector por los motivos que llevaron a los sefarditas a emprender caminos tan dispares, las razones han sido analizadas en diversos trabajos (algunos de los cuales están recogidos al final de estas líneas) y darían para muchos artículos. Por brevedad señalaremos aquí que, tanto los condicionantes políticos del momento, como la extensa red de contactos comerciales creada por algunas familias, vinieron a favorecer la dispersión de esta comunidad por buena parte del mundo.

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Durante el siglo XVI, Amberes fue destino para muchos sefarditas españoles y portugueses

Fuera cual fuese el destino, hay algo que caracterizó a los judíos hispanos en el exilio: su afán por mantener los rasgos culturales que los identificaban como descendientes de Sefarad. Costumbres, lengua y liturgia serán preservados como un tesoro. Generación tras generación, los sefarditas mantendrán memoria de sus orígenes estableciendo un vínculo profundo y permanente con la tierra de la que habían sido expulsados. Veamos un par ejemplos que ilustran hasta qué punto estos lazos eran intensos. Resulta sorprendente saber que, todavía en 1773, los sefarditas afincados en Newport (Rhode Island, EE.UU.) utilizaban el ladino o judeoespañol como lengua propia[4]. Igual de curioso resulta que, ya en el siglo XX, el escritor Blasco Ibáñez encontrara en Constantinopla a personas que le hablaban en un antiguo castellano. Este tesón por preservar esta herencia cultural es encomiable y constituye un hecho singular en la historia de la diáspora judía.

El reconocimiento de la españolidad de estos antiguos compatriotas no llegará hasta el siglo XX. La República, apoyándose en una disposición promulgada en tiempos de la dictadura de Primo de Rivera, decidió facilitar el reconocimiento de la nacionalidad a todos los sefardíes que así lo solicitaran si cumplían determinados requisitos. Tal ataque de lucidez tendrá consecuencias inesperadas. Durante la Segunda Guerra Mundial, miles de judíos europeos se verán librados del peor de los destinos al poner algunos diplomáticos españoles medidas de protección amparadas en tal resolución. Últimamente se ha hecho famosa la actuación de Ángel Sanz-Briz, más conocido como “el príncipe de Bucarest”, que permitió a más de 5.000 personas escapar de la muerte, pero hubo otros: Sebastián Romero Radigales en Atenas, Julio Palencia Tubau en Sofía o Bernardo Rolland de Miota en París están entre los que más éxito tuvieron en su humanitario objetivo.

Tras la brutal agresión que sufrieron las comunidades sefarditas europeas durante el Holocausto, hoy las más numerosas se encuentran en Israel, Francia, Estados Unidos y Argentina. El ladino ha perdido su preeminencia como lengua entre los descendientes de los expulsados en 1492, pero, afortunadamente, hay un mayor conocimiento de su realidad por parte de los españoles que aquí se quedaron. En 1990, el premio Príncipe de Asturias a la Concordia fue otorgado a las Comunidades Sefardíes dispersas por todo el mundo. Sirvan estas breves líneas para poner un grano de arena en la labor de difusión de su increíble historia.


[1] María Antonia Bel Bravo: Sefarad. Los judíos de España. Ed. Sílex, 1997, p. 75

[2] Luís Suárez: Los judíos. Ed. Ariel, Ed. 2005, pp. 397- 426

[4] Mar Vilar: La Qehila sefardí de Nueva York: el primer núcleo hispanófono en la Norteamérica anglosajona. Universidad de Murcia, p. 247


 

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