España, en la antigüedad, también fue una estrella

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Asómense al cielo, dejen que los largos días del final de la primavera les cautiven más allá de la puesta de Sol. Si miran hacia el lugar por el que nuestra estrella se ha escondido tras el horizonte, lo verán. Su brillo destaca notablemente sobre el cielo, apenas se eleva unos grados pero refulge como ningún otro astro. Venus, después de permanecer escondido durante la mayor del pasado invierno, se ha hecho visible, siempre al oeste, al comenzar la floración.

En la antigüedad este planeta recibió dos nombres en función del momento de avistamiento. Por la mañana era conocido como Eósforo (el lucero del alba) y por la tarde como Héspero (el lucero vespertino). El hecho de que Héspero se situara siempre hacia occidente, llevó a los griegos a utilizar este término para referirse a las tierras que desde su país se encontraban en dirección a la puesta de sol. Esta acepción se veía además reforzada por la mitología. Las hespérides eran tres ninfas que habitaban en un maravilloso jardín ubicado en el confín del mundo. Estas criaturas también eran conocidas como las hijas del atardecer o las doncellas de occidente.

En un principio Hesperia fue sinónimo de la península itálica, pero a medida que los contactos comerciales y la navegación fueron perfilando los contornos del mar Mediterráneo, el término comenzó también a utilizarse al referirse a las tierras que, cerrando el Mare Nostrum, lindaban con el océano tenebroso. Autores de origen hispano como Marcial y Séneca recurrieron a la expresión Hesperus cuando, sujetos a la métrica poética, aludían a la tierra que los vio nacer.

Pasan los siglos, llegan las invasiones bárbaras, y con el mundo clásico casi completamente extinto, encontramos aún que los rescoldos del fuego de la antigüedad calentaban bajo las cenizas de la civilización que fue su protagonista. Durante el periodo histórico en que se desarrolla El puente del tiempo topamos nuevamente con referencias a Hesperia.

Empezaremos con la que genera menos controversia. En la Crónica mozárabe de 754, el único texto cercano a los hechos de la conquista que ha sobrevivido, hay un pasaje muy curioso. En una breves líneas nos cuenta cómo la esposa del rey Rodrigo, al morir este, había casado con Abdelaziz, el hijo del Emir Muza ibn Nusair (máximo comandante de la invasión). La viuda del rey visigodo se llamaba Egilona y parece que aconsejó fatalmente a su nuevo marido. Según los cronistas árabes alentó a su esposo a ceñirse la corona del reino hispano. Abdelaziz, no sabemos si movido por su propia ambición o por las palabras de su mujer, coqueteó con la idea. Su atrevimiento tuvo consecuencias letales:

“Vanagloriándose en Sevilla con sus riquezas y honores que compartía con la reina de España, a la que se había unido en matrimonio […] fue asesinado por consejo de Ayub, cuando se dedicaba a la oración. Este gobierna España durante un mes, y por orden del príncipe le sustituye en el trono de Hesperia Alaor, a quien se le informa de la muerte de Abdelaziz en el sentido de que por consejo de la reina Egilón, anterior esposa del rey Rodrigo, con la que aquel se había casado, intentaba alejar de su cabeza el yugo árabe y asumir individualmente el conquistado reino ibérico” [1]

El texto no necesita mayor explicación: el trono de Hesperia es el trono de Hispania y la mención hace patente que, al comenzar la Alta Edad Media, las personas instruidas continuaban utilizando términos acuñados en el mundo clásico porque esa era su referencia cultural.

El otro ejemplo en el que encontramos a España simbolizada mediante el lucero vespertino surge del bando conquistador. En esta ocasión el debate es mayor porque no hay certeza de que el símbolo utilizado para representar nuestro país sea Héspero, pero las posibilidades son significativas. Como quedó de manifiesto en la primera entrada del Blog de El puente del tiempo, la corte omeya absorbió con avidez las influencias del mundo bizantino y griego (además de las persas y poco después las indias). Por ello no nos debe extrañar que la élite dominante utilizara términos con este origen al referirse a conceptos o lugares. No es objeto de este artículo, pero según varios estudios, el mismo término al-Ándalus podría ser una referencia culta a la Atlántida de Platón (también situada en occidente). El caso es que en las primeras monedas que acuñaron los conquistadores aparece representada una estrella de ocho puntas que algunos historiadores [2] identifican con Héspero.

No paran ahí las sorpresas, las primeras acuñaciones realizadas en el año 93 de la Hégira (711-712 d. C.) utilizan alfabeto latino en lugar del alifato árabe aunque están fechadas según el calendario musulmán. En estas primeras series, junto a la profesión de fe del Islam (incompleta) no aparece aún el término al-Ándalus sino el de Hispania (Spania). Pocos años después, en el 720, la estrella ha desaparecido y la referencia al territorio corresponde, ya sí, a al-Ándalus.

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Sólidos transicionales. Colección Casa de la Moneda
Reverso: Novus SoLiDus FeRiTus in SPaNia ANNo XCIIII | Zona Central:INDiCción XI
Anverso: IN Nomine Dei Non DeuS NiSi Deus SoLus Non SIMILIS [3]

Ya sea en la tradición latina o en la árabe, lo que está claro es que España era una tierra en los límites del mundo conocido. No será hasta el siglo XV, tras el descubrimiento y colonización de América cuando la vieja Piel de Toro deje de ocupar esa posición extrema. La tierra del occidente se desplazará miles de kilómetros y el lucero que nos identificaba comenzará a guiar a otros navegantes que cruzaban un océano ahora algo menos tenebroso.

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[1] José Eduardo López Pereira: Crónica Mozárabe de 754 Edición crítica y traducción.  Zaragoza, 1980, CM59 < <

[2] Eduardo Manzano Moreno: Emires Conquistadores y Califas, Los Omeyas y la formación de Al-Andalus.  Ed. Crítica. Barcelona, 2006, p. 57 < <

[3] Fatima Martín Escudero: El Tesoro de Baena: reflexiones sobre circulación monetaria en época omeya. Real Academia de la Historia, 2005, p. 37 < <


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